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¿Y si no está mal, sino que es regulación?

Y si lo que hace tu hijo no está “mal”, sino que necesita canalizarse?

Hace poco hablé con una madre preocupada porque su hijo estaba teniendo dificultades en el colegio. Recibía llamadas, advertencias y notas de su profesora por una conducta que, según ella, “interrumpía el funcionamiento del aula”. ¿Qué hacía el niño? Se movía. Corría por el pasillo, se levantaba de la silla, saltaba, daba vueltas por el aula cuando podía.

Una conducta nada extraña si pensamos que estamos hablando de un niño pequeño. Pero claro: en el contexto de una clase estructurada y con normas estrictas de quietud, aquello se volvía “un problema”.


No, no lo estás haciendo mal

La madre me decía con cierta culpa: “Es que en casa nos movemos mucho. Jugamos, bailamos, saltamos sobre el sofá… igual estamos reforzando esa conducta.” Y yo fui clara desde el primer momento:

¡No! Estás cubriendo una necesidad de tu hijo. Y eso está bien.

El hecho de que esa necesidad no encaje bien en el entorno escolar no significa que la necesidad en sí sea errónea. Tampoco que debamos eliminar toda posibilidad de moverse, jugar o saltar en casa. Al contrario: esos espacios son necesarios para que el cuerpo del niño pueda descargar, explorar y autorregularse.


Lo que es normal… también puede chocar con lo esperado

Este tipo de situaciones son muy frecuentes. Hay niños que simplemente necesitan más movimiento, más estímulo vestibular, más descarga física. No es un fallo del niño. Ni un fallo de la familia. Ni una predicción de futuros problemas. Es una necesidad que, en algunos entornos, puede chocar con las expectativas del adulto.

En nuestra sociedad se espera que los niños estén quietos durante horas. Pero el cuerpo de los niños no fue diseñado para eso. Menos aún si además hay una neurodivergencia que potencia la búsqueda de movimiento o estimulación sensorial.

Esto no significa que el colegio esté “haciendo mal” en pedir ciertos límites. Hay razones detrás. Pero cuando esas normas chocan con algo que es completamente esperable y natural en el desarrollo infantil, tenemos que buscar soluciones que no pasen por reprimir al niño.


Entonces… ¿qué hacemos?

En medio de todas estas reflexiones, encontré una estrategia que me pareció maravillosa por su sencillez, claridad y utilidad. La comparte una terapeuta ocupacional que divulga bajo el nombre @occuplaytional y que ha resumido de forma brillante una estructura de acompañamiento respetuoso para este tipo de situaciones. Su propuesta parte de una pregunta muy concreta:

“El niño hace X en Y lugar, lo cual genera un problema por Z razón.”

Y, a partir de ahí, propone un enfoque en tres pasos:


🌿 1. Buscar un momento y lugar adecuado donde sí pueda hacer X.

En este caso: moverse, correr, saltar. En casa, en el parque, en un espacio abierto, con amigos, con la familia. El cuerpo necesita expresarse, y reprimir el movimiento solo agrava la incomodidad interna. No se trata de eliminar la necesidad, sino de permitirla en contextos seguros.


🌿 2. Ofrecer una alternativa viable para ese entorno (Y).

¿Qué puede hacer el niño en clase para canalizar su necesidad de movimiento sin interrumpir? Aquí es donde la creatividad y el conocimiento del niño son fundamentales:

  • Tener un fidget en la mano.
  • Sentarse en una pelota o cambiar de postura.
  • Caminar por el aula con permiso (por ejemplo, para repartir materiales).
  • Usar una banda elástica en la silla.
  • Tener pequeñas pausas motoras.

🌿 3. Abrir una vía de comunicación sobre el motivo (Z).

Ayudar al niño a entender, en la medida de sus posibilidades, por qué en ese entorno no puede hacer lo que su cuerpo pide. Y al mismo tiempo, entender nosotros por qué lo hace. No es por desobedecer, ni por molestar, ni por «portarse mal». Lo hace porque su cuerpo se lo pide, y necesita nuestra ayuda para encontrar alternativas.

Una parte esencial de este paso es que la comunicación no ocurre solo “en el momento del conflicto”, sino también antes y después. Es una construcción a largo plazo: hablar sobre lo que sentimos, sobre el espacio del otro, sobre cómo regularnos… requiere tiempo, repetición y mucha paciencia adulta.


Esto lleva tiempo (y amor)

La autorregulación no aparece de un día para otro. Requiere años. Requiere ensayo y error. Requiere apoyo. Y sobre todo, requiere que los adultos alrededor no castiguen al niño por tener un cuerpo inquieto, sino que le ayuden a entenderlo y a canalizarlo.

Algunas familias, especialmente cuando se trata de niños varones, me comparten su miedo: “¿Y si no aprende? ¿Y si esto es una señal de que no sabrá controlar sus impulsos cuando sea mayor?”

Y yo les digo: no proyectes tus miedos sobre algo que, por ahora, es simplemente un niño feliz, energético y movido. Eso no dice nada sobre su moralidad, ni sobre su futuro. Lo que necesita es tu guía, no tu preocupación convertida en reproche.


Una última idea

Cuando el niño corre por el aula o se levanta constantemente, no basta con decirle “¡No hagas eso!”. Hay que ofrecerle una alternativa concreta. Algo que sí pueda hacer.

Por ejemplo:
🗨️ “Veo que necesitas moverte. ¿Quieres ir a llenar tu botella de agua?”
🗨️ “Puedes apretar la pelota que tienes en el cajón mientras escuchas la historia.”
🗨️ “Después del cuento salimos al patio y puedes correr todo lo que quieras.”

El mensaje clave no es “Deja de ser así”, sino “Vamos a encontrar una manera de que seas tú mismo, sin que eso te meta en problemas.”


Con cariño,
Anabel 🌿

1 comentario en «¿Y si no está mal, sino que es regulación?»

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