
cuando el error se vive como amenaza
Durante mucho tiempo, el perfeccionismo se ha presentado como una virtud: disciplina, excelencia, ambición. Sin embargo, cuando hablamos de autismo, TDAH y otras formas de neurodivergencia, el perfeccionismo adquiere matices mucho más complejos.
No siempre es amor por la calidad.
A veces es una estrategia de supervivencia.
Este artículo integra aportaciones divulgativas como las de NeuroWild y hallazgos de investigación (Greenway & Howlin, 2010; Hayatbini et al., 2021; Dupuis et al., 2022) para explorar una pregunta incómoda pero necesaria:
¿Y si el perfeccionismo en la neurodivergencia no fuera ambición, sino protección?
¿Qué es realmente el perfeccionismo?
En psicología, el término es difuso. Puede referirse a:
- Una actitud orientada a lograr el mejor resultado posible.
- Un rasgo problemático asociado a estrés, rigidez y dificultad para adaptarse.
Muchas personas neurodivergentes viven esa doble cara:
Amor por el detalle y la profundidad…
y sufrimiento intenso ante cualquier error.
El problema no es el deseo de hacer bien las cosas.
El problema aparece cuando el error deja de ser aprendizaje y pasa a sentirse como amenaza.
Flexibilidad cognitiva y pensamiento dicotómico
Algunas investigaciones han vinculado el perfeccionismo con la flexibilidad cognitiva (Hayatbini et al., 2021; Greenway & Howlin, 2010).
La flexibilidad cognitiva es la capacidad de:
- Ajustar estándares.
- Cambiar de estrategia.
- Aceptar resultados intermedios.
- Tolerar la incertidumbre.
Cuando esta capacidad está comprometida —o saturada por ansiedad o fatiga— puede aparecer el pensamiento dicotómico:
Todo o nada.
Perfecto o fracaso.
20/20 o desastre.
En este contexto, el perfeccionismo no es una elección consciente. Es la dificultad para recalibrar el estándar.
Y cuando el estándar es inamovible, el margen para el error desaparece.
El peso de las expectativas sociales
El estudio de Greenway y Howlin (2010) encontró que niños autistas no solo presentaban mayores niveles de ansiedad y depresión, sino también más creencias perfeccionistas socialmente prescritas.
Es decir:
No es solo “quiero hacerlo perfecto”.
Es “los demás esperan que lo haga perfecto”.
Esto nos obliga a hacernos una pregunta incómoda:
¿Es el perfeccionismo una estrategia para sobrevivir en entornos que penalizan la diferencia?
Cuando una persona ha escuchado demasiadas veces que “no encaja”, “no lo hace bien”, “es torpe” o “no está a la altura”, el error deja de ser neutro.
El error se convierte en exposición.
Y la exposición duele.
En ese contexto, intentar hacerlo perfecto puede ser un intento desesperado de evitar la vergüenza.
Hiperfoco, flow y doble rasero cultural
El estudio de Dupuis et al. (2022) exploró la relación entre hiperfoco, conductas repetitivas y perfeccionismo.
Curiosamente, el hiperfoco no se asoció necesariamente con una inflexibilidad cognitiva general, pero sí con mayores niveles de perfeccionismo y repetición.
Aquí surge una reflexión interesante:
Cuando una persona neurotípica entra en un estado profundo de concentración productiva, lo llamamos “flow” y lo admiramos.
Cuando una persona autista o con TDAH entra en ese mismo estado, hablamos de hiperfoco problemático u obsesivo.
La intensidad es la misma.
El juicio social cambia.
No todo perfeccionismo es disfuncional. A veces es pasión, profundidad, monotropismo aplicado al talento.
La diferencia está en la emoción asociada:
Si hay disfrute, estamos ante una fortaleza.
Si hay angustia, estamos ante una defensa.
Cuando el error se vive como peligro
En muchos adolescentes autistas, el error no se vive como aprendizaje.
Se vive como:
- Fracaso.
- Exposición.
- Confirmación de “no soy suficiente”.
- Peligro social.
El cuerpo entra en alerta.
El sistema nervioso se activa.
Y el cerebro decide: mejor no empiezo.
Esto explica:
- La ansiedad anticipatoria.
- La angustia ante tareas aparentemente simples.
- Los bloqueos que desde fuera se interpretan como desinterés o cabezonería.
No es soberbia.
No es exigencia sana.
Es protección.
Discapacidad dinámica y tolerancia al error
Hay otro matiz crucial: la capacidad fluctúa.
Cuando hay:
- Fatiga.
- Sobrecarga sensorial.
- Ansiedad acumulada.
- Enmascaramiento sostenido.
La tolerancia al error disminuye drásticamente.
La misma persona que un día tolera perder un juego, otro día puede desregularse intensamente ante el mismo escenario.
No es incoherencia.
Es discapacidad dinámica.
La habilidad de gestionar la frustración depende de la capacidad disponible en ese momento.
Recalibrar expectativas: una estrategia preventiva
NeuroWild propone algo aparentemente simple pero profundamente eficaz: recalibrar expectativas antes de la tarea.
No se trata de consolar después del error.
Se trata de preparar el terreno antes.
Por ejemplo:
- Hablar explícitamente del rango esperable de resultados.
- Introducir la probabilidad realista de ganar o perder.
- Diferenciar esfuerzo de resultado.
- Diseñar un plan regulatorio si aparece malestar.
Cuando el estándar se amplía, el error deja de ser una catástrofe.
Y algo muy importante: evitar mensajes ambiguos como “hazlo lo mejor posible”, que en mentes literales pueden interpretarse como una exigencia de excelencia absoluta.
Decir “sé que vas a esforzarte” cambia el foco del resultado al proceso.
¿Podemos sostener la fortaleza sin alimentar el sufrimiento?
La investigación muestra que el perfeccionismo se asocia con mayores niveles de ansiedad y depresión.
La pregunta no es cómo eliminar la profundidad, el detalle o el compromiso.
La pregunta es:
¿Podemos apoyar las fortalezas de la mente neurodivergente sin perpetuar el sufrimiento asociado al miedo al error?
Eso implica:
- Crear entornos donde equivocarse no suponga humillación.
- Modelar errores con naturalidad.
- Separar identidad de rendimiento.
- Enseñar que el valor no depende del resultado.
El perfeccionismo no siempre busca excelencia.
A veces intenta evitar la vergüenza.
Y cuando entendemos eso, dejamos de juzgar y empezamos a acompañar.